From the Desk of Sr. Gabriela; Weekly Reflections

4/22/18

Fourth Sunday of Easter

St. John 10:  11-18

The image of a ‘good shepherd’ came alive for me when I had the privilege of watching a Bolivian family take care of their small flock.  It was Christmas vacation at the Language School in Cochabamba, Bolivia and a friend of mine invited me to spend that week at her convent in the Altiplano of La Paz.

It was there that I witnessed on a daily basis just how sacrificial a ‘good shepherd’ really has to be.  No matter the weather or time, it seemed to me that those precious sheep were never left alone. Taking turns, different members of the family kept a constant watch.  On one occasion I noticed the poorly clad and barefoot boy bringing those sheep to better grazing on a lower level.  And if any of those sheep strayed, a sound rang out that was only recognizable between sheep and shepherd.  Amazingly that sheep not only listened but obeyed immediately.

Of course, these good shepherds take care of their flocks because it’s their livelihood.  They need those sheep for survival.  Whereas, Jesus, Our Good and Faithful Shepherd willingly gave his life totally out of pure love.  And today, he continues to pour out his individual, special care for each one of us.  He longs to guide us and lead us to those life-giving waters.  He sees when we need comfort and our wounds need healing.  But like that lonely sheep going in the wrong direction, we too at times get confused, straying on a different path that doesn’t bring us life to the fullest.

In our world, there are many voices vying for our attention.  To listen to,  recognize and follow the one that comes from the Lord takes effort, prayer and many times, courage.  May we keep our ears attentive and our hearts steadfast in following the call of the One who truly loves us.

Sister Ann Marie Grasso

Español

22 de abril, 2018

Cuarto Domingo de Pascua

San Juan 10: 11-18

La imagen de un “buen pastor” cobró vida cuando tuve el privilegio de ver a una familia boliviana cuidar de su pequeño rebaño. Fueron vacaciones de Navidad en la Escuela de Idiomas en Cochabamba, Bolivia y una amiga me invitó a pasar esa semana en su convento en el Altiplano de La Paz.

Fue allí donde fui testigo a diario de lo sacrificado que realmente debe ser un ‘buen pastor’. No importaba el clima o el tiempo, me parecía que esas preciosas ovejas nunca se quedaban solos. Por turnos, diferentes miembros de la familia vigilaban constantemente. En una ocasión, noté que el niño pobremente vestido y descalzo llevaba esas ovejas a un mejor pastoreo en un nivel inferior. Y si alguna de esas ovejas se desvió, sonó un sonido que solo era reconocible entre las ovejas y el pastor. Sorprendentemente, esa oveja no solo escuchó sino que obedeció de inmediato.

Por supuesto, estos buenos pastores cuidan de sus rebaños porque es su sustento. Ellos necesitan esas ovejas para sobrevivir. Mientras que Jesús, nuestro buen y fiel pastor, voluntariamente dio su vida totalmente por puro amor. Y hoy, continúa derramando su cuidado individual y especial para cada uno de nosotros. Anhela guiarnos y conducirnos a esas aguas vivificadoras. Él ve cuando necesitamos consuelo y nuestras heridas necesitan curación. Pero al igual que las ovejas solitarias que van en la dirección equivocada, a veces también nos confundimos, nos desviamos por un camino diferente que no nos da la vida al máximo.

En nuestro mundo, hay muchas voces que compiten por nuestra atención. Escuchar, reconocer y seguir lo que viene del Señor requiere esfuerzo, oración y muchas veces coraje. Que mantengamos nuestros oídos atentos y nuestros corazones firmes en seguir el llamado de Aquel que realmente nos ama.

Hermana Ann Marie Grasso

 

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