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Loving the Eucharist

Let Us Embrace in Love This Great Mystery of Faith

BY: MOST REVEREND WILLIAM E. LORI

Not long ago, a parishioner said to me that she just didn’t see the need to go to Mass every Sunday. “I go to Mass once in a while, when I think it will help me,” she said.

Unfortunately, many people who consider themselves faithful Catholics share this attitude, an attitude that is not proportionate to the gift and mystery of the Eucharist. Yet once the gospel has found a place in our hearts and we have truly allowed ourselves to encounter Christ, then we begin to look at the Mass quite differently. No longer is it merely a ritual that might help or inspire me. It is where and how Christ is encountered in a deeply personal and real way. It is where his love can make deeper inroads into my life. It is how I can grow in discipleship in the community of the Church. It is where I can best express my love for the Lord in an act of perfect praise.

The Compendium [of the Catholic Catechism] offers a brief summary of this great mystery of faith: “The Eucharist is the very sacrifice of the Body and Blood of the Lord Jesus”(271). It is not merely a reminder that Christ offered his Body and Blood for our sake; rather, it is that offering. Jesus himself instituted the Eucharist “to perpetuate the sacrifice of the cross throughout the ages until his return in glory” (271). The Eucharist, the heart of the Church’s life, is the banquet and living memorial of Christ’s sacrifice. When we worthily partake of the Eucharist, we participate even now in God’s own life.

The Real Presence

Each time the Eucharist is celebrated, Jesus’ sacrifice is truly made present: “The sacrifice of the cross and the sacrifice of the Eucharist are one and the same sacrifice” (Compendium, 280). Christ is both the priest and the victim. While his sacrifice on the cross occurred in a bloody manner, the Eucharist is offered in an unbloody manner, through the signs of bread and wine (280).

Jesus makes his sacrifice of love available to us so that we can offer our lives—our joys, our sorrows, and our daily work—in union with him to the Father as an acceptable sacrifice of praise. It is the most perfect prayer that we can offer for our loved ones and for all the living and the dead.

We can understand our need for the Eucharist by focusing on how Christ is present “in a true, real and substantial way, with his Body and his Blood, with his Soul and his Divinity” (Compendium, 282). Indeed, the Church has coined a word to describe the complete transformation of bread and wine into Christ’s Body and Blood: “transubstantiation” (283).

This leads us to reflect on the respect we owe the Eucharistic species, the bread and wine transformed into Christ’s Body and Blood. Christ is present whole and entirely in each particle of the Host and in each drop of the Precious Blood. The Eucharistic species should therefore be treated with reverence and great care. Since Christ is truly and substantially present, we worship the Eucharist both during Mass and outside of Mass.

Given the beauty and centrality of this sublime gift, the Church rightly obliges us to take part in Mass each Sunday (Compendium, 289). While we are obliged to receive Communion at least once a year, during the Easter season, the Church encourages frequent reception (290). To receive worthily, we must be members of the Catholic Church and be in the state of grace (291). If we are aware of any mortal sins we have committed, we should first receive the Sacrament of Penance. We should also prepare our hearts to receive our Lord in the Eucharist by prayerful recollection and by fasting one hour before Mass. Finally, we should show respect for the Eucharist by our prayerful demeanor and by dressing appropriately when attending Mass. In each of these ways, let us embrace in love this great mystery of faith.

Excerpted from The Joy of Believing: A Practical Guide to the Catholic Faith by Most Reverend William E. Lori, Archbishop of Baltimore (The Word Among Us Press, 2015). Available at wau.org/books

Español

Cuaresma 2018 Issue

Una visión dulce y amarga a la vez: Fija tu mirada en la cruz “Si mi pueblo, el pueblo que lleva mi nombre, se humilla, ora, me busca y deja su mala conducta, yo lo escucharé desde el cielo, perdonaré sus pecados y devolveré la prosperidad a su país.” (2 Crónicas 7, 14)

“¡He aquí el Hombre!” Con estas palabras Poncio Pilato presentó a Jesús flagelado y ensangrentado ante la multitud aquel primer Viernes Santo (Juan 19, 5), y en cada Misa, el sacerdote nos insta a contemplar lo mismo: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.”

Contemplar significa mirar algo de cerca, con gran atención y detenidamente. En cierto sentido, de eso se trata precisamente el tiempo de Cuaresma. Durante cuarenta días, nuestro Padre nos invita a contemplar a Jesús, de modo que podamos captar la profundidad de su amor y la grandeza de la salvación que él ganó para nosotros.

En el “retiro cuaresmal” en el que ahora estamos, hemos repasado algunas maneras de experimentar al Señor: la oración, el ayuno y la limosna. También hemos visto que Cristo nos está llamando y tratando de captar nuestra atención para llenarnos de su misericordia y su gracia. Por eso, en este artículo, queremos hacer aquello a lo que Pilato nos invita: contemplar a Jesús.

Una visión dulce y amarga a la vez. Quizás Poncio Pilato presentó a Jesús diciendo “Este es el hombre” para tranquilizar a la muchedumbre o satisfacer el deseo del gentío de ver que Cristo había sido castigado, o tal vez pensó que al verlo flagelado, ensangrentado y coronado de espinas la gente tuviera lástima de él y pidiera que lo dejaran libre.

También es posible pensar que presentó a Jesús como desprecio a la multitud, como si les dijera: “Miren, esto es lo que la envidia de ustedes ha logrado.” Son tres respuestas posibles y quién sabe si algo de las tres se concretó ese día. Lo que sí sabemos es que las palabras de Pilato han adquirido un significado totalmente nuevo para nosotros los creyentes: “He aquí el Cordero de Dios. Vean en él su salvación. Vengan y contémplenlo con reverencia y adoración.”

Esta invitación a contemplar a Jesús es sin duda amarga y dulce a la vez. Es amarga, por supuesto, porque vemos que el Señor, el Hijo de Dios, absolutamente santo e inocente, muere tras una despiadada flagelación y brutal agonía. Queremos acompañar a Juan, María y las otras mujeres al pie de la cruz que lloran por la lacerante tortura y el inhumano martirio que sufre Cristo.

Pero la visión también es dulce, porque gracias a su cruenta inmolación en esa cruz todos fuimos liberados del poder del pecado y de la muerte, y hemos sido perdonados y redimidos. Satanás ha sido completamente derrotado junto con su poder de tentación, y a nosotros se nos han abierto las puertas del cielo. Así pues, las lágrimas de horror y tristeza que derramamos al contemplar la pasión y muerte de Cristo se mezclan también con lágrimas de alegría y agradecimiento por la salvación que su sacrificio nos ha merecido.

Querido lector, hazte el propósito de contemplar al Cristo sufriente cada día de la Cuaresma y deja que aquello que ves te inspire a postrarte ante él en adoración, amor y gratitud. Deja que esa contemplación te mueva a entregarle tu corazón, y te ayude a comprometerte a seguirlo fielmente y darle gloria en la forma en que tú vives. Jesús entregó su vida por ti; ahora contémplalo cada día para que tú quieras darle a él tu vida.

Una visión amada y detestada. Jesús quiere que todos nosotros apreciemos su cruz y nos regocijemos por el enorme acto de amor que él realizó por todos. Pero hay otro lado de la moneda. La pasión de Cristo puede suscitar tanto amor como odio. Recordemos que Jesús fue crucificado porque su mensaje de amor era demasiado radical para muchos de los jefes religiosos de sus días.

Muchos odiaban a Jesús por la gente con la que se relacionaba, como los samaritanos, que eran enemigos acérrimos de Israel; los cobradores de impuestos, que eran notoriamente corruptos y considerados traidores a la patria. ¡Incluso aceptaba el arrepentimiento de las prostitutas! Jesús perdonaba a quienes eran considerados pecadores empedernidos y acogía con amor a los pobres y los enfermos. Para sus detractores, todas estas personas eran los “indeseables” de la sociedad, los rechazados que no merecían la atención de nadie y menos de un santo. Para el Señor, todos éstos eran hijos de Dios; personas que necesitaban recibir amor, aceptación y una vida nueva.

Pero esto no era todo. Una y otra vez Jesús se enfrentó con algunos de esos jefes religiosos. Por ejemplo, denunciaba públicamente la hipocresía de la vida que ellos llevaban, acusándolos de aparecer puros por fuera, pero ser internamente corruptos (v. Mateo 23, 25). Los desafiaba a dejar de promoverse a sí mismos y comenzar a practicar lo que predicaban (23, 3-7), e incluso les advertía que, si no se arrepentían, lo que les esperaba era el “Infierno” (23, 33). No es extraño, pues, que ellos quisieran acabar con él, y tampoco que lo miraran con ira, desprecio y odio.

Los enemigos de la cruz. Ahora, es un error pensar que estos fariseos y escribas eran simplemente personas horriblemente malas. No lo eran. En realidad, ellos también querían amar a Dios, admiraban la forma en que el Altísimo había actuado en el pasado para salvar y proteger a sus antepasados. Por eso, se dedicaban a preservar la fe y defender su religión. Pero, al mismo tiempo, eran escrupulosos en extremo y se preocupaban demasiado por las apariencias, los cargos que ostentaban y el decoro en la religión, al punto de que se dejaban dominar por la arrogancia y la autorrectitud. Estaban tan atrapados en sus propias convicciones, que no lograban darse cuenta de que debían actuar con humildad y aceptar que Jesús era realmente el enviado de Dios y escuchar sus enseñanzas.

Pero algo parecido nos puede suceder a nosotros, los fieles de hoy, cuando nos dejamos llevar por actitudes de vanagloria, por creernos mejores que los demás, envidiar a otros o despreciarlos. Ninguno de nosotros odia a Jesús ni ninguno quiere apartarse de él. Sin embargo, interiormente, cuando nos dejamos dominar por actitudes de arrogancia o superioridad, corremos el riesgo de parecernos a esos fariseos y levitas. Es como si nos uniéramos a los soldados que lo estaban clavando de pies y manos en la cruz.

San Pablo dijo una vez: “Hay muchos que están viviendo como enemigos de la cruz de Cristo” y añadió que, aun cuando tienen la mente enfocada en las “cosas terrenales”, nosotros los que creemos estamos esperando que del cielo venga nuestro Salvador, “el Señor Jesucristo” (Filipenses 3, 18. 20), y mientras estamos en ansiosa espera para volver a ver a Cristo, no queremos ceder a la tentación de dejarnos dominar por el odio, la supuesta superioridad moral o intelectual o el egocentrismo.

Entonces, ¿por qué nos conviene contemplar a Cristo? Porque el hecho de contemplarlo nos mueve el corazón, nos ayuda a estar mejor dispuestos a recibir su gracia y nos llena de un mayor deseo de resistir las actitudes egocéntricas que mantuvieron enceguecidos a tantos opositores de Jesús.

Acciones sagradas. Como ya lo dijimos, en cada Misa se nos invita a contemplar a Jesús, el Cordero de Dios que quita nuestros pecados. Pero la contemplación no sucede por arte de magia. Todos los movimientos que hacemos durante la Misa —estar de pie, sentarnos, arrodillarnos, cantar himnos y rezar oraciones— pueden parecer acciones comunes sin mucho significado, pero en realidad, tienen un papel muy importante que desempeñar, pues sirven como recordatorios para que mantengamos la atención centrada en el Señor. Son gestos cuya finalidad es hacernos dirigir la atención a cada parte de la liturgia: las lecturas, la homilía, el ofertorio, la consagración, y todo eso a fin de que lleguemos a “contemplar” más claramente al Señor. Además, nos ayudan a prepararnos para reconocer a Cristo en la fracción del pan consagrado, como lo experimentaron los discípulos de Emaús (Lucas 24, 30-35).

Y cuando escuchamos que el sacerdote repite las palabras de Jesús en la Última Cena: “Esto es mi cuerpo…entregado por vosotros” y “Esto es el cáliz de mi sangre. . . derramada por vosotros” vemos a Jesús que se entrega completamente por nosotros, tal como lo hizo en la cruz. La contemplación de ese sublime acto de amor lleva consigo el poder de colmarnos de paz y amor; de aliviar nuestros temores y curar nuestras heridas.

Apremiados por el amor. Pero la contemplación de Jesús en la Eucaristía no solamente nos anima y consuela; también nos mueve a cambiar; nos mueve a hacernos eco de las palabras de San Pablo: “El amor de Cristo nos apremia, habiendo llegado a esta conclusión: que uno murió por todos. . . para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquél que murió y resucitó por ellos” (2 Corintios 5, 14. 15).

En efecto, cada vez que Pablo contemplaba al Señor se sentía movido a ofrecerse nuevamente a Dios como “sacrificio vivo”. El amor de Cristo lo llenaba tanto que lo transmitía a cuantos tenía cerca, y lo convencía de entregarse personalmente por el bien de ellos, tal como Jesús lo había hecho. En definitiva, lo llevó a despojarse de todo pensamiento y hábito egoísta, a fin de llegar a ser “santo y agradable a Dios” (Romanos 12, 1).

Queridos hermanos, sigamos el ejemplo de San Pablo en esta Cuaresma, y prometamos no ser “enemigos de la cruz”. Más bien, hagámonos el propósito de contemplar asiduamente al Señor y ver tanto lo amargo como lo dulcísimo de su sacrificio; dejemos que el amor que allí vemos nos llene de gracia y nos cambie a la imagen de Cristo. Y respondamos a ese amor diciendo en oración: “Señor, llévame contigo. Lléname de tu gracia. Cámbiame como tú quieras. Permite que yo sea parte de tu sacrificio salvador para el mundo.” ¡Que Dios los bendiga a todos ustedes en esta Cuaresma!

Text from the Word Among Us

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